Decía Séneca que si quieres que tu secreto sea guardado, debes guardarlo tú mismo. Siempre se dice que la mejor forma de que te guarden un secreto es no contándoselo a nadie. Ni siquiera pensarlo. Que un secreto deja de serlo cuando ya no lo saben sólo dos. Realmente, un secreto deja de serlo cuando se lo cuentas a alguien. Al menos, pierde su significado.
Aunque hay veces en que el secreto es explícito y, otras, en que es implícito y nadie te ha pedido guardarlo. Eso es un problema para gente con naturaleza cotilla o deformación profesional. Porque, ¿qué pasa cuando ni siquiera esa persona con la que guardas un secreto quiere hablar de él? ¿De qué sirve guardar un secreto con alguien que hace como si eso no existiera? Si no es importante, ¿por qué hay que mantenerlo en secreto?
Esas veces puede ocurrir que te mueras de ganas de desvelárselo a alguien –ya digo, lo de la naturaleza cotilla inquieta–. Pero te das cuenta de que, en muchas ocasiones, resulta más fácil confesar un secreto a un desconocido.
Es como lo de llorar. Termina siendo más cómodo dejar que un anónimo se percate de tus lágrimas que arrancarte al llanto delante de un amigo o un familiar. A veces es más fácil buscar un abrazo, una palmadita en la espalda o un mimo en alguien con quien no hay vínculo emocional. Y no me refiero a confesar los pecados al cura en la iglesia. Por eso, a veces, acabas contándole tus secretos a un desconocido. Puede que no buscando una ayuda, puede que sin buscar un consuelo. Puede que sólo sea como forma de desahogo. Pero de repente te encuentras ahí, delante de alguien que no conoces de nada, en quien no sabes si puedes confiar, confesándole tu secreto. Ése que deja de serlo cuando se comparte.
Recuerdo la película ‘La vida secreta de las palabras’, de Isabel Coixet. La de la chica que cuida a un quemado que se queda ciego en una planta petrolífera. Decía una crítica que hay palabras que nunca deben ser pronunciadas, y secretos que siempre deben estar guardados. Pero a veces, una vez se revela el secreto, se encuentra alivio y comprensión, algo de lo que pueden surgir vínculos especiales. Porque ya no hay secretos, ni palabras sin decir. Aunque se hayan confiado a alguien ajeno.
Para eso están las palabras. Para aclarar dudas, para curar heridas. Con valentía. Aunque se desvelen secretos, aunque vendas tu libertad –que diría James Howell–, aunque se sienta miedo a que el secreto sea conocido por todos; o a que la persona con la que lo guardabas sepa que lo has desvelado a un tercero. De todos modos, siempre quedará la opción que proponía Benjamin Franklin: “tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos”.
Artículo de @pilar_arjona
