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lunes, 21 de mayo de 2012

MUCHOS Y DEMASIADO LISTOS



por Manu Mañero

Partiendo de la base de que las casualidades suelen ser excusas muy pobres a la falta de predisposición, no podía ser casual ese dicho que nos tira luz al camino respecto a la masificación en espacios cortos: “tres son multitud”. Depende de para qué y dónde, puede sobrarnos hasta el propio cuerpo, si entendemos efectivamente al individuo como dualidad, un término que renquea todavía de las clases de filosofía, junto a recuerdos vanos de cavernas y paseos de allí allá en busca de significación para las imágenes. Sea como fuera, esta agresividad, esta inquietud, este apolillamiento de espíritu y la dolosa y dolorosa falta de autocrítica y de sensibilidad que retroalimenta nuestra sangre e impulsa nuestras palabras podría no deberse a ese otro axioma verbenero, “las cosas están muy mal”, sino a un problema mucho mayor, el del exceso de unidades a nuestro alrededor, el de la sobrecarga de expertos y opiniones, la relativización del mérito o, en el peor y más marxista de los casos (esto tampoco es casual), la sobreexposición a relatos falaces que pacientemente, descuidando otras labores instintivas bastante más trascendental, clasificamos en únicamente dos carpetas: “me gusta”, o “no me gusta”. La tiranía del ahora, del ya, y del mal, por ese orden y a la vez. No se entienden unos sin otros.


En 1920, cuando el mundo se decidía todavía sobre si llevarse bien o mal (eligieron lo segundo), un zoólogo británico que sirvió a los suyos tras los matorrales durante la II Guerra Mundial, Solly Zuckerman, tuvo a bien mirar de cerca cómo se comportaban ciertos grupos de primates en el Zoo de Londres, no sé si en el rincón de Camden o el de Westminster. La dirección del recinto le había requerido solícitamente para tal fin, pues hacía ya días que los babuinos parecían más agresivos de lo habitual respecto a la comida, a pesar de que, en tiempos dorados para el bolsillo british, aturdido por el oropel de Harrods y ajeno al salvajismo oleoso de los Fish & Chips, cada día les era proporcionada más alimento con el fin de evitar estos enfrentamientos. Zuckerman no extrajo conclusiones demasiado ortodoxas: lo achacó a la competencia. Daba igual que un mono necesitara sólo un plátano: pelearía por doce, veinte o cincuenta si era necesario. No era cuestión de cantidad, sino de status. Animalismo en vena. Racionalidad circundada. Es por esto que, demasiado a menudo, leemos jocosas viñetas, algo estúpidas también de cuando en cuando, sobre la improcedencia de considerar al ser humano descendiente de abominaciones de este calibre, por limar, por descubrir, ajenas a nuestros cafés literarios y, por hacer un guiño al presente, a la explosión de blogs sobre el Arsenal, el paradigma Guardiola o la insoportable levedad de Nuri Sahin en Liga. Gilipolleces, vamos, de las que probablemente también el reino animal tomaría nota en cuanto a ‘cosas que no te darán de comer y que probablemente te encasillarán en una sociedad en cambio constante’. Lo sabía Heráclito (le hacemos el mismo caso que al resto que sí sabían), y lo saben ellos, los animales, los en teoría más débiles porque el hombre, orgulloso, puede destriparlo para investigarlo y justificar fondos desviados a pedantes rincones teóricos.



Volviendo a los primates y su desconsideración para con sus iguales. Veinte años después de que Zuckerman se viera superado por algo que no entendía del todo, otros salieron a la calle y observaron algo que enlazó ambos escenarios y además dio a luz una teoría sorda que para muchos es el sursum corda: los simios, fuera de las jaulas, no competían a ese nivel por el alimento. Existía un inteligente y bien cuidado sistema de comunicación, territorialidad y pautas según las cuales, y siempre al hilo de Darwin, los individuos se repartían oportunidades y presencia. En otras palabras, fue en la primera mitad del s.XX cuando descubrimos, aunque convenía taparlo un poco, que se nos iba de las manos esto de la reproducción. Que tener descendencia no era tan fácil como elegir el color de los patucos y criticar al gobierno de turno por subir el IVA e hipotecar la masiva compra de  pañales. Que dar a luz, aumentar la población o en todo caso mantener su equilibrio contando defunciones en otros rincones del mundo, implica una responsabilidad para con la etología que, por razones obvias, no ocupa espacio en el prime time de las cadenas privadas. La naturaleza se había cansado de darnos lecciones al respecto, y tuvo que ser en ese impasse de tiempo entre los años 40 y los 50 cuando se acuñara el término que, en realidad, lo explica todo: “la cifra óptima”. Dado que todo calificativo rotundo siempre desprende un tufillo neoliberal insoportable, se apresuró a definir el concepto como la densidad de población ideal para asegurar bienes y sustento para todos por igual, sin comprometer el desarrollo de los individuos. Lo dicho, un delirio.


En aquella época, respecto a la cifra óptima, se estimó que para el ser humano, ésta debería situarse en apenas unas decenas de individuos (decena significa diez) por cada puñado de cientos de kilómetros cuadrados. Esto significa que en Madrid no debería haber más de 100 personas, lo que contrasta con los casi seis millones, si no más, que ocupan actualmente el territorio de la capital. La conclusión no se puede escapar a nadie. Somos demasiados en todas partes, y eso explica todo: tensiones, guerras, codazos al subir y bajar al metro, lo de mirar la nota de otros en el tablón tras los exámenes, las erecciones al recibir favs y RTs en Twitter, el ardor cuando no nos etiquetan en Facebook, ver que otros tienen mejores coches o cobran más y achacarlo a la corruptibilidad del sistema, etcétera.  No ha ayudado precisamente nada la explosión de canales en los que sentirnos más importantes, más gurús, en los que colaborar gratis, por amor al arte y por “visibilidad” (tomo prestado el énfasis peyorativo en el término, vía "El Descodificador", lo que ha dado terribles ideas a los medios de comunicación (bloguero = periodista, gratis = menos caro, audiencia = credibilidad, dinero = hipoteca desahogada). Porque si vivimos hartos y azotados por la cantidad de gente que se nos aglutina alrededor (de esto no somos conscientes cuando hacemos cola en el banco o nos ponen cantinela de espera al otro lado del teléfono), imaginad lo que no hace la sobreexposición a los medios con nuestro equilibrio racional. Tanta opinión, tanta letra, tanto código. Sólo elegir lo que queremos leer y de quién ya pide no sólo un esfuerzo ímprobo sino además, toneladas de horas de las que no disponemos. Por ende, nos frustramos. Leemos lo que nos recomiendan, por comodidad, pero sin plantearnos si lo recomendado es lo que más nos conviene. Por eso los famosos son famosos y por eso ahora JotDown cree que puede cobrar 15 euros por difundir alertas morales y literarias (el orden no es aleatorio) sin que nadie pueda alzar la voz contra su decisión sin ser tomado por miserable, hipócrita u oprimido. Ahora ser librepensador y comprar calidad es ser bueno, ser ideal, ser guay. La pena es que hay tantas personas alrededor, que ser guay no es una cualidad sino una tara. Bastante tenemos con ser.

Aquí, en el mundo donde todos saben de todos, los monos hace tiempo que dejaron de pelear por comida en los zoos. También se han acostumbrado. Y no, no es malo. Es peor.

sábado, 8 de enero de 2011

Todo depende del cristal con que se mire

“El tiempo es un río y una corriente impetuosa de acontecimientos. Apenas se deja ver cada cosa, es arrastrada; se presenta otra, y ésta también va a ser arrastrada” -Marco Aurelio. Meditaciones
"There is nothing either good nor bad but thinking makes it so" -Hamlet.
Cuantas veces habremos oído eso de “hay momentos en que el tiempo vuela para mí, mientras que para el que está a mi lado los segundos son eternidades”….de esa misma manera todo lo que rodea al ser humano es relativo: lo que está bien, lo que está mal lo moral, lo inmoral, lo correcto, lo incorrecto. La vida, el mundo, el ser humano está lleno de contradicciones.
Según la Teoría de la relatividad de Einstein, el tiempo y el espacio son relativos y dependen de la masa y la velocidad a la que se mueve el objeto, sin embargo, esta teoría lo que dice realmente es que "no todo es relativo". La velocidad de la luz en el vacío es absoluta.
En realidad no es porque "todo es relativo", sino por el principio de relatividad. Galileo Galilei estableció el principio de relatividad por vez primera. Era un principio de relatividad del movimiento: "Todo movimiento es relativo a un sistema de referencia"
Si se dice que todo es relativo pero no a qué es relativo todo, y si tal todo significa eso, todo, entonces habrá que concluir que también es relativo que todo sea relativo. Mas esto sólo puede tener un sentido completo desde otra afirmación, lógicamente anterior, según la cual es relativo que sea relativo que todo es relativo… a no se sabe qué.
Por su parte, la ciencia explica que el tiempo goza de una enorme plasticidad en nuestro cerebro, y por tanto, lo absoluto se convierte en relativo.
-Hola Pablo ¿de que dimensión vienes?
-Ah, pues de la de perder el tiempo…
-No te preocupes que eso es relativo
También encontramos interesantes reflexiones sobre lo relativo de las cosas por parte de los filósofos:
De Heráclito, 500 años antes de Cristo, nos llega la llamada doctrina del devenir: todo fluye, todo cambia, todo es relativo, todo es lo que es y su contrario… Todo fluye y cambia, pero no de cualquier modo. Cambia según un orden, que puede compararse con el fuego por cuanto es a la vez lo inestable y lo permanente, o mejor, lo inestable en lo permanente.
Las cosas son un todo y no lo son; son algo junto y separado; son lo que está a tono y lo que esta fuera de tono; de todas las cosas emerge una unidad, y de la unidad todas las cosas”.
Pitágoras: "El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto a que son, y de las que no son en cuanto a que no son. Una misma cosa, como te pareciere que es tal es para ti, y como me pareciere a mi, tal es para mi, pues tu eres hombre y yo también lo soy"
Como reza el verso: "En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, que todo es según el color del cristal con que se mira".
Un capítulo del libro “Las trampas del deseo” de Dan Ariely denominado “Por qué todo es relativo incluso cuando no debería serlo.” Trata de explicar porqué medimos todos de forma relativa, la mayoría de la gente no sabe lo que quiere si no lo ve en su contexto. No sabemos qué clase de producto queremos hasta que lo vemos en la tele.
No sabemos qué clase de altavoces queremos hasta que oímos unos que suenen mejor que los anteriores. Ni si quiera sabemos qué queremos hacer con nuestra vida hasta que encontramos un amigo, pariente, que está haciendo exactamente lo que nosotros creemos que deberíamos hacer. Todo es relativo.
La vida es como una ruleta, gira pero no sabemos con exactitud dónde se va a detener, por momentos a pesar de que realicemos el mayor de los esfuerzos por conducirla y tomar las riendas, la vida parece tener voluntad propia y nos lleva a donde ella determina, dependiendo de las decisiones que tomamos en cada segundo pones en riesgo lo que va a suceder en el siguiente.
Ante los del blanco o negro que niegan los matices y coloridos humanos, ante los del todo o nada, siempre nos quedará San Einstein, el que nos enseñó a pensar, en beneficio de la humanidad, que por mucho que se empeñen algunos, todo parece indicar que “todo es relativo”.


Artículo de @iDexbenz

lunes, 20 de diciembre de 2010

Mou: Nietzsche estaría orgulloso


El übermensch que describió el alemán (dicen las malas lenguas que fue el filósofo que inspiró el nazismo) en 1874 tiene hoy nombre y apellidos. Y no es ni político (demasiado "correctos" en su escaparate), ni médico (atados por el corporativismo), ni periodista (puntales contemporáneos de la servidumbre moral), sino entrenador de fútbol. A quién entrene es casi lo de menos, porque la conjunción de sus virtudes trasciende lo genérico, y su método pasional termina siempre por sugerir un objeto distinto al que monopoliza la colectividad.
José (O Xosé, o Yusé, o Sosé, según el medio que lo nombre) Mourinho maneja el espectro mediático como nadie. Se ha impuesto a la tecnocracia sin mucho esfuerzo y se sabe por encima del bien y del mal porque siente que ÉL es el bien, y que, en último término, también es el mal a combatir por aquellos que no aceptan su superioridad intelectual. Ha construido, como propugnó Nietzsche, una escala de valores a su medida. Domina, ata, corta y pega donde quiere y a quien quiere. Ha conseguido, allá por donde ha pisado, redirigir la opinión pública, asfixiar la predecibilidad, hostigar y despertar tanto odio como admiración.

En contra de lo que muchos han escrito, Mourinho está muy lejos de parecerse lo más mínimo a Maquiavelo. No al menos en cuanto a la percepción histórica del italiano, que transmite a través de su obra 'El Príncipe', en la que subraya que el fin justifica los medios (algo inconcebible para el tierno consorte ético actual). Para el portugués no hay fines, ni medios, sino disfunción y contexto. Un contexto que cree viciado y que nota por debajo de su figura y de su poder, de su atracción y su magnetismo, rendido a su superioridad.

"Querer es poder", dijo Nietzsche. Y Mourinho, el súper-hombre actual, puede todo lo que quiere. Se le critica por desviar la atención, pero siempre lo termina consiguiendo. No es como el niño que deja de llorar cuando le ignoras, o el perro que aprende a no orinarse en la alfombra. Triunfa en absolutamente todo lo que se propone, ya sea irritar o caer bien, algo que resalta especialmente trabajando en una entidad como el Real Madrid, en la que el narcisismo y el exabrupto ario calan a la perfección. Le odian tanto por pensar como por desear, tanto cuando razona y hace listas como cuando aprieta los dientes y se ríe del rival. No sólo está acostumbrado a ser superior, sino también a sentirse superior. Cada crítica que recibe lo fortalece. Cada envidia que fecunda no hace sino darle la razón.

Mourinho es, para el grueso y la masa, un fanfarrón, un fantoche, un ser despreciable. Alguien conocido no solo por lo que gana como entrenador sino por lo que le gusta reiterarlo y alardear de ello. Nietzsche escribió en 'El Anticristo' que la compasión es para los débiles, para la clase baja, para los incapaces. Mourinho sabe que la modestia la inventó un incapaz. Y sigue moviendo una cantidad de tinta cada día que no hace más que darle la razón. Si el Madrid lo despide, podrá decir que el club no supo estar a su altura ni manejarle, lo cual reforzaría la omnipotencia y la libertad cruda del súper-hombre que relató Nietzsche. Y si lo mantiene en el cargo, pasará a ser un siervo del portugués. A Mou le pintan cuernos y bigote en cada foto, y más allá de los resultados, lo que le alimenta es la envidia. Y ya se conoce el dicho: ¡ay, si fuera tiña!(particularmente en España...). Algo me hace intuir que ha encontrado su sitio.

@m_manero

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Secretos compartidos
















Decía Séneca que si quieres que tu secreto sea guardado, debes guardarlo tú mismo. Siempre se dice que la mejor forma de que te guarden un secreto es no contándoselo a nadie. Ni siquiera pensarlo. Que un secreto deja de serlo cuando ya no lo saben sólo dos. Realmente, un secreto deja de serlo cuando se lo cuentas a alguien. Al menos, pierde su significado.

Aunque hay veces en que el secreto es explícito y, otras, en que es implícito y nadie te ha pedido guardarlo. Eso es un problema para gente con naturaleza cotilla o deformación profesional. Porque, ¿qué pasa cuando ni siquiera esa persona con la que guardas un secreto quiere hablar de él? ¿De qué sirve guardar un secreto con alguien que hace como si eso no existiera? Si no es importante, ¿por qué hay que mantenerlo en secreto?

Esas veces puede ocurrir que te mueras de ganas de desvelárselo a alguien –ya digo, lo de la naturaleza cotilla inquieta–. Pero te das cuenta de que, en muchas ocasiones, resulta más fácil confesar un secreto a un desconocido.

Es como lo de llorar. Termina siendo más cómodo dejar que un anónimo se percate de tus lágrimas que arrancarte al llanto delante de un amigo o un familiar. A veces es más fácil buscar un abrazo, una palmadita en la espalda o un mimo en alguien con quien no hay vínculo emocional. Y no me refiero a confesar los pecados al cura en la iglesia. Por eso, a veces, acabas contándole tus secretos a un desconocido. Puede que no buscando una ayuda, puede que sin buscar un consuelo. Puede que sólo sea como forma de desahogo. Pero de repente te encuentras ahí, delante de alguien que no conoces de nada, en quien no sabes si puedes confiar, confesándole tu secreto. Ése que deja de serlo cuando se comparte.

Recuerdo la película ‘La vida secreta de las palabras’, de Isabel Coixet. La de la chica que cuida a un quemado que se queda ciego en una planta petrolífera. Decía una crítica que hay palabras que nunca deben ser pronunciadas, y secretos que siempre deben estar guardados. Pero a veces, una vez se revela el secreto, se encuentra alivio y comprensión, algo de lo que pueden surgir vínculos especiales. Porque ya no hay secretos, ni palabras sin decir. Aunque se hayan confiado a alguien ajeno.

Para eso están las palabras. Para aclarar dudas, para curar heridas. Con valentía. Aunque se desvelen secretos, aunque vendas tu libertad –que diría James Howell–, aunque se sienta miedo a que el secreto sea conocido por todos; o a que la persona con la que lo guardabas sepa que lo has desvelado a un tercero. De todos modos, siempre quedará la opción que proponía Benjamin Franklin: “tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos”.

Artículo de @pilar_arjona

martes, 16 de noviembre de 2010

Efecto Mariposa.


Soy atea desde que supe que el ratoncito Pérez no existía.
Este dato, provocado por la observación detenida del hámster de mi primo, todo un estudio de campo, llegó al extrapolar las cualidades y condiciones de esos pequeños mamíferos, y cerciorarme de la imposibilidad de que alguno de ellos, ascendiera, con un pesado regalo a sus espaldas, hasta debajo de mi almohada, sin alterar por ello mi sueño, frágil ya desde mi más tierna infancia.
Esa crisis nihilista (imposible la existencia de Dios sin ese roedor) no fue nunca superada, y marcó, yo diría que para siempre, mi realidad personal.
Han ido pasando los años, y el cúmulo, cada vez más voraz, de objetos materiales, ha contrarrestado de alguna manera, la pérdida constante (y en muchos casos dolorosa) de creencias en las que fundamentar los pilares de mi existencia:

- "Nosotras parimos, nosotras decidimos". No creo en el aborto como modelo de progresía, sí en la correcta anticoncepción. Un aborto es siempre una derrota. No creo en la invisibilidad parental.
- No creo (o creí) en un Ministerio de Igualdad de un Gobierno cuyas ministras posaron para el Vogue (sí, una revista nada sexista, por supuesto)
- No creo en los políticos. Del mismo modo que tampoco creo en los curas. Alguno habrá bueno, seguro, pero a saber dónde.
- No creo en el capitalismo que nos asfixia, de manera tan sutil que pocas veces nos damos cuenta.
- No creo en los humildes (tampoco Nietzsche, por algo sería), uno debe estar orgulloso de sus esfuerzos, y quitarse mérito es de cobardes, de imbéciles o de hipócritas.
- No creo en el amor correspondido, nunca se encuenta a quien quiera del mismo modo, en la misma medida, de igual manera.
- No creo en los malos muy malos, ni en los buenos muy buenos, aunque sí en los tontos muy tontos.
- No creo en la Constitución. Me parece un canelo.
- No creo en la guerra, tampoco siempre en el diálogo.
- No creo en las leyes en las que no creo.
- No creo en la amistad sincera, carente de interés. Si ni siquiera somos sinceros con nosotros mismos.
- No creo en la solidaridad de sofá y pandereta
- No creo en la Navidad, ni en lo que conlleva.
- No creo que todos seamos iguales, ni todos, para mí, tenemos un mismo valor o un mismo precio.

Y así podría continuar, enumerando, las secuelas que un regalo de mi tio (el hámster de mi primo), trajo a mi vida.
Efecto mariposa creo que lo llaman.

Yo preferí ver su jaula como una caja de Pandora.

¿En qué no creéis vosotros?

viernes, 12 de noviembre de 2010

Libre albedrío: ¿Hacer lo que quieras es tu única ley…o no?

Libre albedrío significa poder elegir y tomar decisiones. Surgió en un momento dado al igual que ocurrió con la creación de los seres humanos. Y puesto que los humanos andan por el Planeta desde hace más de dos millones de años, quiere decir que durante mucho más tiempo han concebido su existencia sin libre albedrío que con él.
El hombre actúa en pos de su libre albedrío cuando en el cumplimiento de su deber, se va “liberando” de los condicionamientos que influyen negativamente en su libertad: la violencia; el miedo; la ignorancia; los impulsos no dirigidos por la razón; las influencias ambientales.
Por tanto, podemos deducir que el libre albedrío no es completo. Sino que lo que vemos y experimentamos determina la manera en la que nos comportamos.
¿Existe la libertad, o es una invención del hombre? Puesto que no decidimos cuando nacer, morir, a nuestros padres, nuestra cultura; nuestros genes nos han tocado al azar, estando definida en ellos toda nuestra composición química y el comportamiento de ésta, no está muy clara la cuestión.
Por otro lado, nuestro cerebro acumula información obtenida en tu etapa educativa, recibida de la cultura imperante en la sociedad que nos ha tocado vivir. A la hora de tomar una decisión ¿existe espacio para el libre albedrío? ¿o estás totalmente condicionado por lo que nos han enseñado, por la ley causa-efecto y por la base química que soporta todo nuestro ser?

Tengo libre albedrío, pero no porque yo lo haya elegido. Nunca he elegido libremente tener libre albedrío. Por tanto, tengo libre albedrío... ¡Lo quiera o no!

El libre albedrío según definición de wikipedia: Es la creencia de aquellas doctrinas filosóficas que sostienen que los humanos tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones.
Una de las doctrinas que me resulta más interesante respecto al tema del libre albedrío es la que plantea la filosofía hindú. La cual paso a resumir en las siguientes líneas:
“La mente es una parte integral de la naturaleza que está unida por la ley de la causalidad. Ya que la mente está unida por una ley, ésta no puede ser libre. La ley de la causa aplicada a la mente, se llama Karma”.

El destino es el Karma pasado, el libre albedrío es el Karma presente. Los dos son realmente uno, y forman el Karma. No puede haber conflicto cuando ambos son realmente uno.

El destino, es el resultado del ejercicio pasado de tu libre albedrío. Al ejercitar tu libre albedrío en el pasado, trajiste el destino resultante. Al ejercitar tu libre albedrío en el presente, puedes eliminar tu pasado si te duele, o añadirlo si lo encuentras agradable. En cualquier caso, bien sea para adquirir más felicidad o reducir la miseria, tienes que ejercitar tu libre albedrío en el presente.

Otra teoría curiosa, es la conocida como “el fenómeno del cisne negro”, es decir, las cosas que no sabemos y que influyen en nuestra vida para cambiarla de rumbo, incluso toda esa cantidad de información a la que no tenemos acceso, provocando resultados totalmente aleatorios e impredecibles. Todos los cisnes eran blancos hasta que se encontraron negros en Australia.
Hay científicos que afirman que tanto la consciencia como el libre albedrío, existen y sólo pueden ser explicados a partir de una nueva teoría física aún no formulada. A esta teoría se la suele llamar “Teoría del todo”.
Si me preguntáis si creo en el libre albedrío, os responderé lo mismo que Isaac Bashevis ante la misma cuestión: "No tengo otra elección".


Para más información: http://bit.ly/9yFbdF (Teoría del todo)




Artículo de @iDexbenz

jueves, 11 de noviembre de 2010

Cariño, ¡somos inalienables!


Si hay una palabra maltratada por la opinión pública, las representaciones psicoafectivas (Maslow y su pirámide nazi) y sobre todo, la comodidad que evoca el eterno retorno del refranero y las frases hechas, esa es “rutina”.

Confundida, muy habitualmente, con la monotonía, la rutina se ha cargado de una connotación negativa contemporánea que para nada se corresponde con su verdadero sentido que es, desde que el mundo es mundo, el que le dieron alguno de los filósofos griegos más mediáticos. No vendían tantas camisetas como los líderes de opinión de ahora, pero la gente les adoraba por lo que decían y no por quién lo decía. Destacaban tanto la forma como el fondo. Claro, eran griegos.

Cientos de parejas se rompen día a día por culpa de la rutina. De personas que quieren venderse como individuos libres, aguerridos, aventureros, rompedores, que no entienden dónde se encuentra la verdadera virtud. También estamos aburridos de escuchar a obreretes y altos ejecutivos expresar su dolor por “volver a la rutina”. Para el estudiante, la ama de casa, el parado y el saltimbanqui de turno, la rutina es un obstáculo, una merma, un badén que frena su exponencial liberación metafísica. Pero al loro, que decía aquel: que nos embauquen. Eso es lo que no me gusta.

La rutina, en sí, es un hábito. Y para los griegos, el hábito era virtud. De sobra conocida es la teoría de la ‘dorada mediocridad’ de Aristóteles (“la perfección está en el equilibrio entre los extremos”), que compensa lo mejor de lo peor con lo peor de lo mejor: pero fue Platón quien habló del hábito (la rutina) como virtud. Siempre en la medida en que un hábito requiere consenso y regularidad, no se puede hablar de él como vicio, más allá de que éste sea un hábito destinado a hacer el bien o el mal, lo cual ya forma parte de otro debate.

Sólo ser capaz de mantener una rutina, ya sea plantar árboles o discutir con tu pareja, ya es una virtud. Y fue el mismo Aristóteles quien dijo que “el amor sólo se da entre personas virtuosas”. En realidad, para alcanzar esa virtud no hay ningún truco más allá de la inalienabilidad, es decir, la defensa firme y coherente de unos valores o unas ideas moldeadas por uno mismo, que reaccionan siempre por igual ante la exposición a unos estímulos similares. No someterse a cambios, a injerencias. El clásico “Nena, no me cambies”.

Así que ya sabéis. La próxima vez que vuestra pareja os eche en cara que estáis cayendo en la rutina, contestadle: “Cariño, ya somos virtuosos. Es ahora cuando podemos disfrutar nuestro amor. Gracias por ser tan inalienable”.

Artículo de @m_manero, dedicado a @inmitadinamita

domingo, 31 de octubre de 2010

Kierkegaard, Lewis Carroll y el miedo

A mediados del s.XIX, un danés que prácticamente acababa de estrenar la treintena escribió 'El concepto de la angustia'. Un tratado filosófico, petulante y de pretensión puramente literaria, que cayó en gracia entre los pensadores de la época. En él, el amigo Soren Kierkegaard (quien daría nombre, 165 años después, al hámster del amaneradísimo Fidel en uno de los capítulos de Aida), habló del debate interno, la lucha, la multiplicidad de caracteres, de individualidades. La angustia, como concepto, era no encontrarse. No saberse. No sentirse. Y lo que es peor aún (desde un punto de vista puramente formal), ni darse a encontrar, ni hacerse sentir.

Uno de los autores más reconocidos de nuestra literatura, Miguel de Unamuno (también filósofo, pero con reparos históricos heredados del eterno complejo de inferioridad que la letra hispánica ha arrastrado respecto a otras nacionalidades eruditas), se apropió de este concepto. Pero decidió darle otra significación, empaparlo de noventayochismo. Y en prácticamente todas y cada una de sus novelas, define a un personaje agónico, no tanto en cuanto a ese debate interior se refiere, sino en cuanto a la dolorosa e inapelable presencia atemporal de la muerte, del fin. El tiempo es lo único que pasa, y lo único que siempre juega en nuestra contra, pues al final de él, está la nada.

Unamuno, en 1936, se enfrentó mediante la palabra con nada menos que Millán Astray, uno de los generales más salvajes que acunó el fascismo, si es que se le puede llamar fascismo a ese conato de virilidad ulterior, a esa ebriedad poderosa. Unamuno abría con un discurso el ejercicio universitario en Salamanca (la ciudad que le vio morir), y terminó censurando un exabrupto famosísimo de Astray ("¡Muera la inteligencia!"), refugiado entre otros militares. Jose María Pemán, autor de los últimos versos atribuidos al himno español, salió en defensa del filósofo. Esa fue la angustia de Unamuno: enfrentarse a quien se valía del miedo para desvirtuar la razón, la obra, la creación. Y desconocía, por entonces, que sólo la perspectiva del tiempo le daría la razón.


Después, la angustia se fundiría con el miedo. Entró sin llamar a la puerta. El tempus fugit latino dejó paso al hilo musical escrito para instrumentos de percusión y cuerda raspada. Se perdió el concepto original de la angustia, pero la factoría Disney adaptó la paja onírica de Lewis Carroll, 'Alicia en el país de las maravillas' (1951), y todo volvió a su cauce. La angustia volvió a ser relatividad. Millán Astray murió tres años después de su estreno, y quizás en su dudoso honor, se celebra que el miedo tenga tantas y tan múltiples formas. Que no sólo la muerte sea la amenaza, sino que también lo sea el silencio. O, como en el caso de la novela nada infantil de Lewis Carroll, la potencial inocencia de quien se atreve a trascender su mundo, y adoptar tradiciones de otros países. Entre ellas, efectivamente, Halloween.

Artículo de @m_manero