por David Alonso
En el deporte en general y el fútbol en particular, la memoria colectiva es frágil e inestable, los buenos recuerdos son bestialmente zarandeados por las sombras, pero en ocasiones, hay emociones y experiencias que se recuerdan toda la vida.
Es difícil encontrar algo, además del propio deporte rey, que consiga eternizar 90 minutos de la manera en la que este lo hace, y es que todos, absolutamente todos los que por unas razones o por otras amamos este bendito deporte, tenemos un partido grabado a fuego en nuestra cabeza.
Es difícil encontrar algo, además del propio deporte rey, que consiga eternizar 90 minutos de la manera en la que este lo hace, y es que todos, absolutamente todos los que por unas razones o por otras amamos este bendito deporte, tenemos un partido grabado a fuego en nuestra cabeza.
Lo mágico de todo es que ese partido no tiene qué ser el del equipo de tus amores, ni la derrota de tu máximo rival, si no que muchas veces se trata de un partido, que las casualidades de un destino azaroso, ponen en tu camino y que te hacen disfrutar de cada segundo que pasa como si de esa primera calada se tratase. Entra hasta lo más profundo de ti, te llena dejándote una sensación de felicidad extrema. Un orgasmo para los sentidos de 90 minutos.
Estos momentos para la historia no avisan, llegan con ímpetu a tu vida y tienes que montar en ese ajetreado tren si no quieres perderte lo esencial de esta efímera película. Disfrutar.
Estos momentos para la historia no avisan, llegan con ímpetu a tu vida y tienes que montar en ese ajetreado tren si no quieres perderte lo esencial de esta efímera película. Disfrutar.
Mi partido, el partido que jamás podré olvidar y que me hizo recordar por qué amaba este juego, me llegó en una calurosa tarde de verano, un 21 de junio de 2008, en plena Eurocopa, unos cuartos de final que enfrentaban a Holanda, con Van Basten liderando desde el banquillo, contra una Rusia que había pasado sin pena ni gloria por la fase de grupos, una Rusia que me dio 120 minutos para la eternidad.
Creo que recuerdo vagamente el XI que alineó el “holandés errante”, me acuerdo de Akinfeev y sus gritos desgarradores tras encajar el gol de Ruud en el minuto 86´, como olvidar a Kolodin y sus imponentes disparos desde 40 metros que obligaron a un veterano Van de Sar a sacar lo mejor de si mismo, Saenko, Semak, la doble “Z” de Zhirkov y Zyryanov, Pavlyuchenko…
Pocas veces en mi vida me he sobresaltado, gritado, y emocionado tanto como con ese partido, un partido que no tenía repercusión alguna en mi vida, ni para bien ni para mal, era otro partido más, o eso creía yo. Iluso de mí.
Este juego jamás dejará de sorprendernos, nos eleva hasta los altares de la gloria para después, sin apenas tiempo para saborear las mieles de la victoria, dejarnos caer a un vacío doloroso, todo ello sin que nuestra afición por él se vea mermada. Esto es lo auténticamente maravilloso.
Este es mi partido para la eternidad ¿y el tuyo?